5. Varicela

La varicela es una infección causada por el virus de la varicela-zoster. Hasta no hace mucho tiempo, era una enfermedad contagiosa muy frecuente en la infancia. Sin embargo, gracias a la vacunación son cada vez menos los niños que la adquieren.

Esta infección vírica se caracteriza por una erupción en la piel, de forma generalizada, que pasa por diferentes fases.

Primero, aparecen bultos rojos o rosados elevados (pápulas) que pican y brotan durante varios días.

Luego, se transforman en pequeñas ampollas llenas de líquido (vesículas) que se forman en aproximadamente un día para luego romperse y drenarse. Cuando esto sucede, las heridas pueden causar sensación de ardor.

Finalmente, en la última fase aparecen costras que tardan varios días en curase.

Este sarpullido puede aparecer primero en la cara, el pecho y la espalda, y extenderse al resto del cuerpo.

Esta erupción suele ir acompañada de otros síntomas de varicela como fiebre, pérdida de apetito, dolor de cabeza, cansancio y sensación de malestar general.

Esta infección de la piel se propaga mediante contacto directo con el sarpullido, pero también cuando el niño con varicela tose, estornuda o habla y las demás personas inhalan las gotas que se encuentran suspendidas en el aire (aerosoles).

En general, la varicela es una enfermedad leve en la infancia. Además, la mayoría de los niños que tuvieron esta infección o se vacunaron contra la enfermedad obtienen inmunidad para toda la vida.

Algunas personas pueden contraerla otra vez, pero es poco frecuente. También es posible que niños que se hayan vacunado adquieran el virus. De ser así, los síntomas suelen ser más leves, con menos ampollas y fiebre leve o sin fiebre.

El mejor tratamiento para la varicela es la prevención mediante la vacunación contra el virus.

En niños no vacunados o que igualmente adquieren varicela, se suele dejar que la enfermedad siga su curso y solo se tratan los síntomas. Por ejemplo, con medicamentos para bajar la fiebre o antihistamínicos para aliviar el picor.

Para los niños que tienen un alto riesgo de sufrir complicaciones, se pueden prescribir antivirales.

En algunos casos, se puede recomendar vacunarse contra la varicela en un plazo de tres a cinco días después de haber estado expuesto al virus. El objetivo es ayudar a prevenir la enfermedad o disminuir su gravedad.

La particularidad del virus de la varicela-zóster es que permanece latente en las células de los nervios después de que se haya curado la infección de la piel. Esto significa que el virus puede reactivarse.

No obstante, cuando lo hace, resurge como herpes zóster, una infección viral de la piel que se caracteriza por la aparición de una franja de ampollas muy dolorosa que envuelve el lado izquierdo o derecho del torso. 

Afortunadamente, el herpes zóster en niños es raro, y suele limitarse a pequeños inmunodeprimidos. En adultos, en cambio, sí es más común, sobre todo a partir de los 50 años.

Las ampollas del herpes zóster son contagiosas y, si hay contacto directo, pueden transmitir la varicela en una persona no inmune o no vacunada.

Aunque las infecciones de la piel en niños más frecuentes son de origen vírico, no hay que olvidar que su inmadurez inmunológica los hace también más vulnerables a infecciones causadas por bacterias u hongos.

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